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22 de julio de 2015

Origen de los hipocorísticos Catrachos,Guanacos y Chapines

Por Antonio Mosquera Aguilar (Guatemalteco)
Los hondureños recibieron su gracioso apodo gentilicio por parte de los guatemaltecos durante la guerra centroamericana contra los filibusteros, de 1856 a 1857.

Se trató de una corrupción del apellido del comandante del ejército de Honduras que acudía en defensa de la patria centroamericana. De la misma manera, en la camaradería formada en esa guerra, también se bautizó a los salvadoreños con el hipocorístico de Guanaco.

Los hondureños recibieron el apelativo de Catrachos porque eran dirigidos por el general Florencio Xatruch. Por comodidad o por juego, en vez de exclamar: “vienen los Xatruches”, se terminó diciendo: “vienen los Catrachos”.

Como se sabe, la costumbre de cambiar nombres es corriente entre los hablantes de castellano. En vez de decir Bruges o Brugge, se dice Brujas para nombrar una ciudad en Bélgica. En lugar de München se dice Múnich, para la capital de Baviera, y así, en muchos casos. Por lo tanto, los hondureños quedaron identificados como Catrachos.

Por su parte, también en dicha guerra, los salvadoreños fueron identificados con un sobrenombre muy llamativo. Algunos creen que se trataba de relacionarlos con el Guanaco, un camélido de Sudamérica. Tal situación es imposible, pues los campesinos guatemaltecos que formaban la tropa desconocían ese extremo. Todo resultó de la costumbre salvadoreña de parlamentar.
En efecto, entre los diversos contingentes centroamericanos que luchaban contra el filibustero norteamericano William Walker, el contingente militar salvadoreño era partidario de una coordinación estrecha para la defensa de la soberanía. Se debe llamar la atención que existía la costumbre muy extendida en el campo de que las juntas de vecinos, por conveniencia, debían realizarse a la sombra. Nada mejor que bajo un guanacaste; ahora, en nuestros países, se conoce preferentemente como conacaste.
Pues bien, los salvadoreños llamaban a reuniones de coordinación entre los diversos contingentes del ejército centroamericano a la sombra de los guanacastes. De donde cuando se acercaban a la tropa guatemalteca, se sabía que seguramente convocaban a una junta bajo el albergue refrescante de aquel árbol. En consecuencia, los guatemaltecos los llamaron Guanacos, porque vivían a la sombra del guanacaste.

Pocos saben que los apelativos de Catrachos y Guanacos se acuñaron en aquella gesta. Estos no son gentilicios, sino hipocorísticos. Como se indica, se trata de un reconocimiento fraternal entre camaradas. Son los tratos entre familia, entre hermanos.
Y los ‘Chapines’?

La palabra chapín es de origen vasco y proviene de “txapin” que significa: zapatilla o escarpín. En el siglo XIV se puso de moda en España un zapato de plataforma que se llamaban “chapines”.
En la época de la Colonia el Reino de Guatemala comprendía desde el sur de México hasta Costa Rica y los habitantes de la capital de Guatemala empezaron a usar ese incómodo calzado para estar a la moda. Cuando viajaban por lo que hoy es Centroamérica eran objeto de burla, ya que el tamaño de la plataforma era muy grande (para darle altura a la persona) y se les dificultaba caminar.
Por ese motivo los países del área centroamericana conocen a los guatemaltecos como “chapines”. Así pues, en un inicio se les llamaba popularmente así a los habitantes de la capital de Guatemala pero posteriormente pasó a ser el sobrenombre de todos los guatemaltecos.

Hoy, de la misma manera que hace doscientos años, los Chapines deben coordinarse con los Guanacos y Catrachos por los migrantes, para fortalecer sus economías, para mejorar la coordinación policial.

6 de noviembre de 2014

Los Tolupanes candidatos al Patrimonio Cultural de la Humanidad

Honduras
Los Tolupanes de la Montaña de la Flor, uno de los grupos indígenas más importantes en Honduras, son candidatos a ser reconocidos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.
 La Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura anunció este miércoles la lista de los lugares y tradiciones que podrían obtener el reconocimiento. En la categoría de patrimonios a destacar, Argentina reclama este año que se reconozcan los "rituales, prácticas y relaciones sociales" que genera la cultura de los cafés y bares de Buenos Aires.

 Brasil pide que se inscriba en la lista de la Unesco la "roda de capoeira", los círculos que en casi todo su territorio se reúnen para esta práctica afro-brasileña, a la vez danza y arte marcial. La capoeira puede ser catalogada como folclore, deporte o incluso una forma de arte, y transmite además una filosofía ancestral. Bolivia presentó el Pujllay y el Ayarichi, dos músicas y danzas de la cultura Yampara,
 Chile postuló la costumbre del "baile chino" en las ceremonias católicas populares, España los rituales colectivos de las "tamboradas" y Perú la fiesta de la Virgen de la Candelaria de Puno.

 Las candidaturas serán examinadas en la IX reunión en París del comité intergubernamental de salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial de la Unesco, del 24 al 28 de noviembre. Este año hay ocho candidaturas de inscripción en la lista de salvaguarda urgente, mientras que 46 países aspiran a integrar con sus prácticas la "lista representativa" de patrimonios valiosos pero menos amenazados, que la Unesco opta por destacar como ejemplos cada año.

10 de abril de 2014

Brasil condecora al diplomático Víctor Manuel Lozano Urbina

Olanchito, Honduras
Acompañado por sus familiares, amistades y colegas, el diplomático Víctor Manuel Lozano Urbina, exembajador de Honduras en Brasil, fue condecorado con la Ordem Nacional do Cruzeiro do Sul, en el grado de Gran Cruz, por parte de la República Federativa de ese país sudamericano.
La imposición de la más alta insignia concedida a un embajador extranjero, la realizó el diplomático de Brasil acreditado en Honduras, Zenik Krawctschuk, quien además ofreció unas palabras para el homenajeado.
 Al importante acto asistieron los embajadores acreditados ante el pueblo y gobierno hondureño, empresarios y miembros del colegio de abogados, quienes disfrutaron de la importante noche junto a su amigo.
 El toque musical lo puso la banda de la estudiantina de Derecho que interpretó variadas melodías. Los asistentes disfrutaron de bocadillos típicos hondureños, con dulces tradicionales de la región suramericana elaborados por la brasileña Denise Amante.
El Abogado Victor Lozano es originario de Arenal,Yoro y sus estudios los realizó en la ciudad de Olanchito

27 de agosto de 2013

La migracion arabe en Olanchito

inmigracion arabe en Olanchito,Honduras
Por : Juan Fernando Avila
Los historiógrafos nacionales y quienes con propiedad metodológica escudriñan los intrincados laberintos de la investigación cronológica y documental tratando de articular nuestra verdadera identidad social, con suficiencia descriptiva señalan; que es a partir de la última administración del exmandatario José María Medina, cuando se dictaron las primeras leyes favorables para el ingreso de migraciones europeas, asiáticas y del lejano oriente, y durante la Reforma Liberal implementada en 1876 por el Dr. Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa, el tiempo del establecimiento de elementos formales complementarios, que estimularon la presencia en Honduras, de chinos, árabes y palestinos, y la inversión en disciplinas multiplicadoras de sus inversiones originales.

En lo que corresponde a la ciudad cívica de Olanchito, motivo específico de nuestra ocupación, es necesario describir, que la presencia en la región de la Trujillo Mining Company, y la posterior instalación de las líneas del ferrocarril de la Standard Fruit Company, facilitaron la movilización tanto de nacionales como extranjeros, pues gracias a la explotación del cultivo del banano de ambas compañías trasnacionales, despertaron el espíritu de laboriosidad del hondureño de la región nororiental, y de los comerciantes extranjeros, fundamentalmente árabes, quienes vieron en el medio un campo fértil para la explotación del comercio, la agricultura y en menor escala la ganadería.
De lo que se tienen verdaderas noticias, es que fueron, Serapio Bendeck Hoch, Salvador Bendeck, Carlos E. Hoch, Juan Abudog, Mina Mahomar, Sabas Mahomar, Salvador Mahomar Kawas; Gregorio Marzuca, Julio Yacamán, Jesús Moisés Saybe, José Jorge Chahin, quienes primero llegaron a Olanchito a vertebrar el comercio de la localidad en el año de 1922, construyendo originalmente sus casas tradicionales de dos y una planta, con amplio frente para locales comerciales, y los niveles superiores de maderas con ventanas de zaranda, destinadas para habitaciones, y por supuesto, los amplios patios para la siembra de árboles frutales de colosal follaje para sofocar los veranos crepitantes de la temporada.

En principio no todo fue fácil y provechoso, se vieron obligados a enfrentar un abanico de complejas adversidades, como la asimilación de una nueva cultura ajena a su lejana idiosincrasia, la cual se les presentaba obligada y necesaria para su permanencia, contraída al aprendizaje del idioma español como base inicial para la comunicación y el entendimiento con otro tipo de sociedad, y saber advertir la valoración cambiaria de la moneda nacional, la degustación de una nueva dieta alimentaria de la gastronomía nacional, y sobrevivir en principio, a la competencia desleal, ante la cadena de comisariatos establecidos en los campos y ciudadelas por las transnacionales bananeras, que absorbían la capacidad y libertad adquisitiva de los obreros, cancelándoles sus salarios con bonos, cambiables únicamente por víveres expendidos en los comisariatos monopolizados por las empresas norteamericanas.

Sin embargo, la perseverancia irreductible, y la definida decisión de quedarse, pese a las adversidades, les permitieron sobrevivir, y asimilar con estoicismo todo el vendaval de inesperadas vicisitudes, dentro de su nuevo sistema de vida, y aquella legión de inmigrantes taciturnos que una tarde de ventisca habían descendido de una embarcación en el puerto de Trujillo procedente de lejanas latitudes, treinta años después se habían convertido den triunfadores mercantiles, impulsando sólidamente la economía municipal, y vertebrando el verdadero comercio de la ciudad, en la avenida que la nomenclatura popular llegó a bautizar con el nombre de “CALLE DE LOS TURCOS”.

Sería imperdonable pasar inadvertidos los incendios que se produjeron en los negocios de los árabes y en construcciones de algunos edificios de dos plantas que sobrevivieron hasta entrado el siglo XXI. Se destacan en este orden los siguientes:
En 1978 se incendió el Hotel Yacamán propiedad de la señora Elena Yacamán Yidi y sucesores, extendiéndose hacia el negocio que en otro tiempo fuera de Salvador Bendeck, igual que una de las casas de alquiler de don Serapio Bendeck Hoch.
La casa comercial donde en otro tiempo estuvo Tienda La Mía, de Emilio Chahin Chahin se incendió en el año 1982.
El 19 de marzo 2008 se incendió el Centro Mercantil de Elías Marzuca Itech y Nadia Hasbun de Marzuca, extendiéndose hacia el negocio Getsemaní del señor Denis Ávila A.
El Almacén La Muñeca de Eduardo Hoch Chahin, donde estaba establecido el depósito de la Cervecería Hondureña y Cable Visión Olachito ardió en llamas en el mes de junio de 1999.
Hoy día aquella legión de inmigrantes soñadores, que exploraron infinitas posibilidades para hacer fortuna a través del comercio y encontraron en nuestro suelo el principio de la tierra prometida, una vez consolidadas económicamente, algunos se trasladaron al hoy llamado Paseo Liquidámbar de la calle peatonal de Tegucigalpa, donde aún subsisten varios negocios, y otros envejecieron, cumpliendo con la forzosidad congénita de morir, dejando una profunda pesadumbre en la sociedad que reconoció sus luchas, y la remota huella que apenas delinea un pasado nostálgico, ante una estación sombría del ferrocarril donde llegaban en los atardeceres los trenes regulares de la línea oriental de los cuales nunca volvimos a saber, y la Calle de los Turcos con sus casas deshabitadas, y una estampa en la evocación apacible de los mediodías reverberantes con sus espacios irreductibles de desolación y desesperanza.
Así fue el comienzo nutrido de incertidumbre, y así igualmente el final de aquellos hombres que llegaron de lejos a marcar con su impronta el desarrollo histórico y comercial de la comunidad.
Fuente : Diario La Tribuna

7 de marzo de 2013

La partida del terruño : Juan Ramon Martinez


Por : Juan Ramon Martinez
Era un lunes de febrero, seco y fresco del año de 1963, el último del gobierno constitucional de Ramón Villeda Morales. El probable golpe de Estado que darían los militares, era tema inevitable en las conversaciones políticas en una ciudad de sólida estructura liberal. Me levanté temprano para entrar al baño que teníamos en el patio, en la vieja casa del abuelo, en la calle La Unión, la calle que entonces era una de las principales de Olanchito, porque terminaba en la estación principal en donde llegaba y salía todos los días, el ferrocarril que proveniente de La Ceiba, traía comestibles, combustibles y pasajeros. Y llevaba productos agrícolas para La Ceiba, Tela y San Pedro Sula.

Estaba nervioso. El sentimiento era el de un hombre solitario que se preparaba para una aventura que no tenía regreso. Y en cuya decisión, solo contaba con el silencio al borde de las lágrimas de las tías Tila y Pimpa, que tanto me quisieron, las miradas inexpresiva de mis dos primos hermanos, el respeto de mi padre, la esperanza sin fisuras de doña Mencha; y la estudiada y deliberada indiferencia de la muchacha que en algunos momentos, meses antes, me había dicho al oído que daría la vida por mí, en vista que no podría vivir sin mi presencia. Esta mañana, dormía plácidamente, estaba en la escuela San Jorge, matriculando sus alumnos; o dando clases, riendo y mostrando a sus compañeras que no le importaba que el hombre de su vida, emprendía una ruta para posiblemente no volver.

Me vestí, modestamente como se usaba entonces, -no pensé en ponerme saco y corbata- volví a ver el reloj nerviosamente, para constatar que eran cerca de las nueve de la mañana y que en unos instantes, llegaría Betio Zúniga, gordo, afable, con la cara tirando a colorada, manejando un “Land Rover” gris, en el cual nos conducía a los pasajeros que viajábamos fuera de Olanchito, usando la vía aérea; y a los que por diversas razones venían a la ciudad, desde nuestros hogares a lo que después, cuando ya me había consolidado como escritor, para sorpresa de Roger Orellana Irías que nunca creyó que lo lograría, tal lo que me dijo algunos años después, en las oficinas del INA, donde ahora está la parte sur del edificio de la cooperativa Elga, pese a que me había oído como orador estudiantil de “indudable bríos y fuerza”, al decir de Max Batres Sorto, y escribiendo crónicas y editoriales en el Semanario Patria, que dirigía entonces Carlos Urcina, los llamábamos, el aeropuerto internacional de Arrayan. Aquí, había una caseta metálica prefabricada, un radio precario con el cual Arnulfo Funes, agente administrador de las operaciones de la compañía aérea, en un lenguaje que a muchos nos parecía esotérico, a otros falsos y a mí, absolutamente indiferente; y que tenía que ver, según supe años después conversando con los viejos pilotos que aterrizaron allí, información sobre la velocidad del viento, la calidad de las nubes, la altura; y en qué dirección se movían.
E indicación que no circulaban ninguna vaca o caballo en aquel descampado casi árido que servía de contacto a la ciudad con el mundo. En el “aeropuerto”, con un baúl metálico que había comprado apresuradamente en 26 lempiras en la tienda de Rafael Nasser el día anterior y que para entonces formaba parte del equipaje de los viajeros que nos encaminaríamos por diversas razones a Tegucigalpa. No recuerdo ningún nombre de los pasajeros acompañantes; ni el rostro de los pilotos que, normalmente, no les interesaba bajar a una pista de tierra, sin nadie con quien conversar; y siquiera sin recibir la atención de una taza de café o un refresco helado. Para los pilotos también, nosotros éramos bultos que conducían a Tegucigalpa, no importando quiénes fuéramos. Lo único que sí me quedó claro, pese al tiempo transcurrido, es que el avión no iba lleno. El viejo DC, construido en los cuarenta para transporte de tropas que luchaba contra Hitler en la II Guerra Mundial, gozaba de una indudable fama, como brioso corcel capaz de moverse fácilmente sobre la quebrada geografía de la indómita e indiferente Honduras. En la parte de atrás, llevaban varias latas de manteca y algunos costales llenos de frijoles.

Tuve ganas de llorar por el miedo ante la aventura que iniciaba; pero como para hacerlo se necesita quien le haga la segunda, en la absoluta soledad, sin un familiar cercano o lejano para llevármelo a la boca, algunos compañeros fraternos que posiblemente no se habían dado cuenta que me preparaba para dejar a Olanchito para siempre; y lo más grave sin la novia, en cuyo nombre buscaba mejorar mis estudios, aumentar mis ingresos, para alguna vez en el futuro, formar un hogar con ella, los ojos mantuvieron secos y firmes. Mis mejores amigos no estaban ya en la ciudad. Darío Meléndez, creo que no se dio cuenta que la patria chiquita. Juan Fernando Ávila, Luis Enrique Aguiluz –el dueño de la radio en donde me había iniciado en la comunicación de noticias y en la presentación de música tropical- y Carlos Urcina, no le dieron importancia al viaje. Posiblemente esperaron que regresaría la semana siguiente. Por lo que no había que hacer el sacrificio de la despedida que imaginaban que era por un poco tiempo nada más.

Al frente, en Tegucigalpa –que había conocido en 1960 en un concurso nacional de oratoria, durante el cual pronuncie un discurso de tono liberal en el Salón Azul de la Casa Presidencial y el presidente Villeda Morales me regaló con una dedicatoria muy elegante, las “cartas autógrafas de José Cecilio del Valle” que nunca supe quien me lo “robara” de la primera “biblioteca” que había formado posiblemente siguiendo el mismo expediente –tenía la familia en donde me habían ofrecido generoso alojamiento, formada por donde Irene Alvarado, gestor judicial y fumador impenitente y doña Eva, su esposa, una mujer trabajadora y peleadora por sus afectos, que todavía anda por allí, haciendo la lucha por los nietos y los bisnietos; o contándome lo que le ha pasado a cada uno de sus hijos: Óscar, René, Tona y el “gordo” José Ramón, que al paso de los años, sería mi compañero en La Tribuna. Además, estaban mis amigos Elvin Santos y Bill Oneil Santos, cuyas direcciones conocía.
Y que además, estaban enterados que ese mes llegaría a estudiar a la Escuela Superior del Profesorado Francisco Morazán. Aquí, en esa institución, conocía a Cecilio Dueñas Quezada, que era el secretario de la institución, a Darío Turcios, entonces dirigente estudiantil muy destacado; y que había sido hasta entonces, no solo mi mejor amigo, sino que además, el que más me había motivado para siguiera sus pasos, yéndome de Olanchito a Tegucigalpa, a buscar en otros lugar nuevas formas de conocimientos y experiencias, incluso con la brusca expresión que si me quedaba en el pueblo natal –que era una evidente tentación que los amores no disimulaban- que si no le hacía caso y le decía adiós a los recuerdos que juntos habíamos compartido en el instituto Francisco J. Mejía, el riesgo mayor era que algún día, me eligieran alcalde municipal de la ciudad, los pícaros políticos locales.
Allá, en la Tegucigalpa al que el bimotor se acercaba seguro y sin fatigas fuera de las acostumbradas y necesarias, estudiaban además, Horacio Reyes Núñez, posiblemente el joven más talentoso y “mejor portado” que produjo mi generación que, incluso, cuando estábamos en la primaria, lo “sacaban” representando a los ángeles del cielo durante las procesiones del Corpus Cristi; su novia de toda la vida, Teresita Nasser –la mejor estudiante de mi tiempo y a la cual nunca le pude arrebatar el primer lugar en la disputa por las más altas calificaciones estudiantiles, conformándome con un honroso, digo ahora, segundo lugar que al paso del tiempo, se vuelve más honorable- José Antonio Murillo que cursaba Ciencias Sociales en la superior, mi primo Jardel Quezada que estudiaba Derecho en la UNAH, Aníbal Murillo que estudiaba medicina y su esposa Estela Calderini; y Julio Escoto a quien había conocido en San Pedro sula, en momentos en que presentaba el examen para obtener la beca de cien lempiras mensuales, de febrero a noviembre, gracias a la cual, me conducía en el aparato metálico que lento al principio, rápido después se deslizó por una pista dura, llena de guijarros, hasta levantar vuelo encima de los potreros de la hacienda de los herederos de don Felipe Ponce.

No menos de un minuto después, estábamos encima de los techos metálicos de la ciudad que identifique plenamente, experimentaba sentimientos similares y que se llevaba un pañuelo a los ojos. Pero eso, seguro que aunque fracasara –porque la Superior era la institución superior más exigente del país, al extremo que si a uno lo aplazaban en una materia siquiera, inmediatamente perdía la beca y no podía estudiar jamás allí, porque se tenía la seguridad que los maestros, teníamos que ser los mejores- jamás volvería a Olanchito. Ni siquiera para buscar a la novia que dejaba atrás y que no había tenido la sensibilidad de darme el beso de la despedida que tanto necesitaba en aquel momento de soledad.
Atrás quedaban mis padres, Juan Martínez y doña Mencha, mis hermanos: Antonia, Vani Edgardo, José Dagoberto (que estudiaba en el Manuel Bonilla de La Ceiba su primer curso de ciclo común) Ana del Carmen, Ada Argentina y Jorge Abel. Y muchos amigos “campeños” que, por mis papás me habían conocido, querido y respetado; y apostaban a mi futuro. Cuando el avión tomó altura y las nubes borraron la cresta de las montañas, perdí el interés por la ventana y empecé a tomar conciencia que el pasado, era solo una fuente para extraer experiencias y fuerzas para seguir adelante. Que no me aferraría a él. Ni sería un peso muerto en mis espaldas. Que lo único que tenía al frente, era el futuro que debía construir, a pulso, con dedicación y con paciencia. 45 minutos después, el avión aterrizó suavemente sobre una pista firme y estable. El avión se detuvo. Nos bajamos ordenadamente, una tras de otro, los pasajeros.

Al instante, nos entregaron el equipaje. Tomé un taxi y le di la dirección: a la vuelta de la pulpería Estrellita del Sur, en el barrio La Guadalupe. El chofer se sonrió. Le pregunté la causa y él me dijo: “Yo soy el dueño de la pulpería”. Unos minutos después nos llenamos de alegría saludándonos con don Irene, doña Eva y sus hijos. Había empezado la primera fase de mi condición de inmigrante interno. En la bolsa derecha del pantalón, tenía tres billetes de veinte lempiras, que me había dado mi padre, para tus primeros gastos me dijo Juan Martínez Cruz, entonces de 55 años de edad y dedicado peón de la Standard Fruit Company. Al día siguiente empezaría las clases de la Escuela Superior, ubicada al frente sur en donde ahora opera el hospital Viera. Y empezaría el camino que me ha llevado, en estos cincuenta años a vivir una rica experiencia, en la que aprendí de los demás, enseñé a muchos jóvenes y, por supuesto, conocí a Adán Elvir, gracias al cual, le di continuidad a la vocación de escritor que todavía me permite mantenerme en contacto con mis lectores.
Y pude lograr lo que siempre busqué: Influencia y fuerza pedagógica para influir en la vida social, política y económica el país. Porque nunca busqué riqueza; ni comodidad más allá de las típicas de la clase media. Pese a la alegría, de la anticipación del día siguiente, nunca pude imaginar la felicidad de estos 50 años en que formé una familia con una joven que el mismo 1963 había venido desde Choluteca a estudiar en la Normal de Señoritas, me entregué al servicio de la educación de los jóvenes y de los dirigentes campesinos del sur del país y encontré en los medios de comunicación colectivos, un espacio para participar e influir en la vida nacional. En esa dirección, participaría en la fundación de un partido político con Vicente Williams, Fernando Montes, Alfredo Landaverde, Ramón Velásquez, Arístides Padilla, Adán Palacios, Carlos Martínez, Rodolfo Sorto, Rafael Corrales, Emilio Ríos, Ventura Álvarez, José Antonio Casasola, y Marcos Rojas.
Redescubrí los encantos y la fuerza liberadora del cristianismo, conocí y aprendí a respetar al obispo Marcelo Gerin, -entonces de cincuenta años de edad- aceptar las vacilaciones y las sospechas inderrotables de Monseñor Héctor Enrique Santos; y a querer como a un hermano mayor adicional a Monseñor Raul Corriveau, al tiempo que puede servir desde Caritas en la atención de las necesidades de los que no tenían un pan que llevarse a la boca, mientras me orientaba la sensibilidad exquisita y delicada Margarita de Guillén, la paciencia de Monseñor Evelio Domínguez, Mito Anduray, Guillermo Arsenault, Sor María Rosa, Salvatore Pinzino, Julio Montoya, Kevin Kalahan y Antonio Mencía.
En este tiempo, también conocí a Pablo VI y fui recibido con Monseñor Domínguez, en el Vaticano. Para después, servir de ministro de tierras con Rafael Leonardo Callejas, presentarme con muy poco apoyo y éxito muy limitado, más de lo que me merecía, como candidato presidencial; y convertirme, más por edad que por méritos, en el más antiguo escritor de La Tribuna. Cincuenta años, en los que, he crecido y servido a Honduras y a su pueblo, con singular esperanza, soñando que algún día, la nación se pondrá de pie. Aunque otros sean los inmigrantes que desde lejos, vengan como yo, a sembrar sueños y a cultivar ilusiones.

30 de octubre de 2012

Mujeres garífunas, custodias de cultura y ambiente en Honduras


garifunas en Honduras

TRUJILLO, Honduras, oct (IPS) - El paso del huracán Mitch, que hace 14 años devastó Honduras, impulsó entonces a un grupo de mujeres de la etnia garífuna a organizarse para asistir a los más afectados. Luego ampliaron su tarea y se convirtieron en un ejemplo de compromiso a favor del ambiente, el rescate de la cultura y la agricultura sostenible.
La experiencia culminó en el Comité de Emergencia Garífuna de Honduras, liderado en su mayoría por mujeres residentes en el caribeño municipio de Trujillo, una de las zonas más bellas del país y primer asentamiento humano creado por los españoles en la época de la conquista.

Cuando el Mitch "golpeó nuestra comunidad y la ayuda no llegaba, nos organizamos para salir en busca de comida, medicinas y techos porque no podíamos permitir que fracasara nuestra gente", contó a IPS la directora ejecutiva del Comité, Nilda Hazel Gotay.

Entre el 22 octubre y el 5 noviembre de 1998, el huracán se movió por el mar Caribe, América Central, el sur de México y de Estados Unidos. A su paso por Honduras, en particular, dejó 6.500 muertos, 9.000 desaparecidos, 1,5 millones de damnificados y pérdidas materiales por unos 4.000 millones de dólares, según cifras oficiales.

Al Comité de Emergencia Garífuna lo integran nueve mujeres y tres hombres, y desde hace 13 años trabajan en tres ejes articulados, que son ambiente, rescate cultural y agricultura sostenible.

Unas 16 comunidades han sido beneficiadas con las iniciativas del Comité Garífuna, que desde su creación ha logrado despertar conciencia en las comunidades sobre la importancia de preservar los recursos naturales con proyectos de reforestación de microcuencas y de mitigación frente al cambio climático, además de cultivos agrícolas sin pesticidas.

Las ayudas de la cooperación internacional han sido variadas, pues sus proyectos van dirigidos a colectividades garífunas muy pobres que "deben estar fuertes para enfrentar su futuro", comentó Gotay, líder de esa etnia, al informar que actualmente ejecutan planes de rescate cultural, agricultura y reforestación en las comunidades Santa Rosa de Aguán y Santa Fe. Iriona es otra de las comunidades a integrar en un futuro próximo.

"Les enseñamos a nuestro pueblo el modo de sembrar cultivos propios de nuestra cultura, como yuca, malanga, plátano, cocoteros y camote", además de educar a los niños y niñas sobre las tradiciones garífunas de la danza y la música autóctona.

Estas prácticas tradicionales, indicó Gotay, han servido para hacer frente a los desastres naturales, a prepararse ante la variabilidad del clima con el consecuente aumento de las sequías. Así han logrado recuperar las microcuencas de Guadalupe y Trujillo, reforestar playas y recuperar especies frutales como el coco, entre otras.

Hugo Galeano, experto en asuntos ambientales, dijo a IPS que la labor que ejecuta el Comité Garífuna de Emergencia es el mejor ejemplo de integración de una comunidad en defensa de los recursos naturales, "al ser ellos los protagonistas de sus historias de cambio y rescate cultural".

"Las mujeres garífunas han mostrado su liderazgo y capacidad de gestión, sin necesidad de intermediarios, lo que abarata costos y otorga a estos grupos de base de sociedad civil mayor organización comunitaria", agregó.

Al par de las acciones a favor de la naturaleza y la agricultura sostenible, las comunidades beneficiadas con los proyectos que impulsa el Comité han logrado también evitar que muera en las nuevas generaciones, en especial los menores y los jóvenes, su cultura garífuna procedente de sus ancestros de África.

Fuente : proceso.hn

27 de marzo de 2011

Julio Soto, cacique del pueblo tolupán

Uno de los ultimos caciques Tolupanes
El presidente de Honduras Porfirio Lobo, en compañía del secretario privado de la presidencia, Reinaldo Sánchez y el ministro de los Pueblos Indígenas y Afro- Hondureños, Luis Green, asistió este martes, a la Montaña de La Flor, al velatorio del cacique Tolupán, Julio Soto, reconociendo de esta manera la encomiable labor de ese líder indígena, en favor de la preservación de esa grupo étnico en el país.

24 de octubre de 2010

Escuchando a Angélica María

Dedicado a Carlos Urcina Ramos...
Los perros no lo ladraban cuando regresaba, a altas horas de la noche. Era el primero en encaminarse al trabajo en las plantaciones de banano de la Standard Fruit Company ubicadas cerca de Arenales; y el último en regresar. Fue el primero que celebró, las horas extras, especialmente las nocturnas. Mientras otros ponían mala cara cuando el gerente de la finca pedía voluntarios para trabajar en el riego nocturno; o en el corte extraordinario para cumplir los pedidos del exigente mercado de Nueva Orleans,

27 de agosto de 2010

Doña Francis, una dama inolvidable

Doña Francis, una dama inolvidable Acaba de fallecer en Tegucigalpa Francisca Fiallos, viuda de Ponce, apreciada dama originaria de Comayagua (emparentada con José Trinidad Cabañas Fiallos); pero nacida en El Salvador, en donde sus padres residían huyendo de la persecución política que era tan común en aquellos años.